La mayoría de emprendedores viven esclavizados por marketers lentos, no actualizados y dolorosamente caros.
O peor: pagan facturas astronómicas a agencias que dicen hacer «trabajo artesanal» cuando en realidad están usando una IA para escupir tus diseños y tus textos en 30 segundos. Te cobran por el tiempo que dicen que tardan, no por el valor que aportan.
Yo me di cuenta de esto de la peor manera: viendo cómo mis propios empleados hacían un trabajo mediocre comparado con lo que yo lograba con una IA bien configurada.
Descubrí que podía crear diseños mejores que un departamento entero, landings más rápidas que un desarrollador y copys que venden a la velocidad de la luz.
Entendí que mi valor estaba en la creatividad. La ejecución era para la máquina.